Alixon Navarro Muñoz

13 nov 2012


Informe Especial de la Fundación Saldarriaga Concha


foto suministrada
La Violencia contra las personas con discapacidad, una mirada a su situación actual

En Colombia, entre enero y agosto de 2012 se reportó el 81% del total de los casos de violencia contra las personas con discapacidad registrados en 2011.

* Los departamentos en los que se registran los índices más altos de violencia hacia las personas con
discapacidad son: Bogotá (21,7%); Antioquia (20%); Valle del Cauca (11,7%) y Cesar, Cundinamarca y
Tolima (5%).
*Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los niños con discapacidad sufren actos de violencia
física o sexual con una frecuencia casi cuatro veces mayor que los que no tienen discapacidad.

Bogotá, D.C. 08 de noviembre de 2012. La violencia contra las personas con discapacidad es una problemática que por años ha estado oculta en la sociedad colombiana por cuenta de la desinformación, la estigmatización, la discriminación social y el desconocimiento sobre los derechos de este grupo de la población que, de acuerdo con las proyecciones del Dane, representa el 6,4% del total de colombianos. No obstante, la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de Profamilia- ENDS de 2010, indica que este porcentaje asciende en el país al 7%.
El Estado colombiano debe fortalecer herramientas adecuadas para determinar la magnitud exacta del número de personas con discapacidad que diariamente se ven expuestas a múltiples tipos de maltrato y abuso tanto físico, sexual y psicológico por parte de la sociedad.
La labor que realizan entidades como el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, permite conocer una muestra de esta realidad. De acuerdo con esa institución, durante el año 2011 se registraron en el país 74 casos de violencia física contra las personas con discapacidad, entre homicidios, lesiones personales, delitos sexuales y hechos de maltrato intrafamiliar. Entre enero y agosto de 2012, el Instituto reportó 60 casos de violencia, es decir, que en ocho meses de este año se ha alcanzado el 81% de los registros presentados en 2011.
Los departamentos en los que se registran los índices más altos de violencia hacia las personas con discapacidad son: Bogotá (21,7%); Antioquia (20%); Valle del Cauca (11,7%) y Cesar, Cundinamarca y Tolima (5%).
El hecho de que no haya en el país información suficiente que dé cuenta de esta problemática, no quiere decir que estas personas no la vivan. Un análisis realizado por la Fundación Saldarriaga Concha y la Agencia PANDI sobre la información que 22 medios de comunicación divulgaron sobre el tema, reveló que de 700 noticias sobre discapacidad publicadas entre el 1 de abril de 2011 y el 31 de marzo de 2012, el 23,8% de los artículos (158), tuvo como tema central la violencia contra esta población, lo que da cuenta del subregistro que existe en el país de esta situación.
Diana Patricia Martínez, líder de Educación de la Fundación Saldarriaga Concha, señala que “La violencia se manifiesta de muchas formas, que para las personas con discapacidad puede ser entendida como la discriminación y exclusión de la cual son objeto con frecuencia. El hecho de no lograr una participación activa en el entorno donde viven y se desarrollan ya es una forma de violencia”.
Martínez agrega que “Las personas con discapacidad tienen derecho a no ser discriminadas, a no ser objeto de violencia física, sicológica o de cualquier tipo, para lograrlo se requiere del compromiso de la sociedad en general, aquella sociedad que es capaz de respetar sus derechos y facilitar su participación”.
Un vacío institucional
Especialistas en el tema de discapacidad y representantes de instituciones estatales son conscientes de la
carencia de información y estadísticas que hay entorno a la violencia de las personas con discapacidad en el país. Por ello, muchas de ellas han tenido que acudir a estudios en otros países para poder analizar el tema a partir de las características del contexto colombiano, y conocer así un poco el impacto del mismo.
Una investigación sobre la problemática realizada por el Programa de Acción por la Igualdad y la Inclusión Social – PAIIS, de la Universidad de los Andes y la Fundación Saldarriaga Concha nació precisamente por el interés de conocer cuál es la situación de las personas con discapacidad que son agredidas y cuál es la respuesta del Estado frente a ello.
Andrea Parra, directora de PAIIS manifiesta que como resultado de esta investigación, “Se enviaron 84 derechos de petición a diferentes entidades del país como comisarías de familia, Consejo Superior de la Judicatura, el CAIVAS, CAVIF, Medicina Legal, Defensoría del Pueblo, entre otras, en las que preguntábamos sobre estadísticas que registraran específicamente la violencia sexual, qué normatividad la rige y qué seguimiento hacen a las personas afectadas, entre otras”.
La directora de PAIIS asegura que este proceso permitió evidenciar que “en el país existe un enorme subregistro, ni siquiera a estas entidades llegan las denuncias porque hay una falta de información y orientación hacia las personas con discapacidad y sus familias sobre cómo denunciar y a quién llamar, ello sin contar que no hay formatos precisos que permitan cómo acceder a las autoridades correspondientes”.
foto suministrada
Parra agrega además que, “los funcionarios que atienden estas situaciones no están capacitados en el tema de discapacidad y que las cifras que se conocen fueron registradas gracias a que el funcionario percibió la condición o porque el acompañante lo mencionó, mas no porque haya una unidad de caracterización entre las entidades. A lo anterior se agrega también que los formularios de registro no contemplan la variable sobre discapacidad, lo cual genera vacíos en la información”.
Para Andrea Parra, esta situación responde a un claro desconocimiento por parte del Estado sobre los derechos de las personas con discapacidad. “Considero que la ratificación de la Convención (sobre los derechos de las personas con discapacidad) por parte de Colombia exige al Estado adoptar las medidas necesarias para que sus agentes e instituciones empiecen a integrar una perspectiva de derechos en sus funciones y esto claramente no existe”.
“Las instituciones del Estado deben recibir formación necesaria y este debe asumir la responsabilidad que tiene con esta población. El hecho de que la información sobre la problemática esté tan disímil entre las entidades hace que sea imposible identificar necesidades para construir políticas públicas en respuesta a la violencia sexual y en general puesto que para ello es fundamental que se financien estudios, análisis y se deben contar con estadísticas precisas”, concluye Parra.
En este contexto, María Inés Bohórquez, profesional especializada en discapacidad del Ministerio de Salud y Protección Social, corrobora lo planteado por PAIIS en cuanto a que en Colombia no existe información ni estadísticas que permitan conocer la violencia real que afecta a estas personas. No obstante, la funcionaria
manifiesta que desde el Ministerio se han desarrollado desde algunos años diferentes proyectos que pretenden incidir en la transformación de los imaginarios sociales y culturales que hay sobre la discapacidad los cuales ayuden a modificar los comportamientos permisivos y violentos hacia esta población.
“Con estos proyectos buscamos prevenir los factores de riesgo. Por ello, a través de la generación de campañas y estrategias buscamos que se dé la aceptación a la diferencia y el buen trato lo que ayude a disminuir la violencia hacia las personas con discapacidad. De igual manera, se busca promover el acceso a las rutas de atención por parte de las víctimas con información accesible, así como con el fortalecimiento de redes sociales y de apoyo”, asegura Bohórquez.
Las personas con discapacidad y su contexto de vulnerabilidad
Cualquier ciudadano, hombre, mujer, niño, niña, adolescente o persona mayor está expuesto a ser víctima de cualquier tipo de maltrato, abuso o agresión. No obstante, las personas con discapacidad presentan un mayor nivel de vulnerabilidad puesto que la condición de exclusión y abandono que muchas de ellas se encuentran las hace estar en riesgo de ser agredidas por algún familiar, cuidador o desconocido.
Estudios llevados a cabo en países como Estados Unidos y Canadá dan cuenta de que las mujeres y los niños con discapacidad son quienes se encuentran en un nivel mayor de vulnerabilidad, así como la discapacidad de tipo cognitivo es la que se ve más afectada por el maltrato y la violencia. “Documentos académicos muestran que la incidencia de violencia sexual hacia mujeres con discapacidad sobre todo en la cognitiva es mucho más alta que en mujeres sin discapacidad, en algunos casos se documenta hasta cuatro y 10 veces más”, menciona Andrea Parra, directora del Programa PAIIS.
Entre tanto, una revisión realizada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) a mediados del presente año evidenció que los niños con discapacidad sufren actos de violencia con una frecuencia casi cuatro veces mayor que los que no tienen discapacidad. La OMS atribuye que los factores de riesgo se incrementen cuando se tiene una discapacidad debido al estigma social, a la discriminación y a la ignorancia que la
sociedad tiene frente a la discapacidad, así como la falta de apoyo para las que personas que cuidan de ellos, que muchas veces son familiares.
Según Elsa Castañeda, especialista en niñez y primera infancia, las personas con discapacidad en especial las niñas y los niños durante muchos años no han sido considerados como sujetos de derechos por cuenta de estar ocultos, apartados y por no contar con las mismas oportunidades de desarrollo como cualquier otro menor de edad.
“Hay que sensibilizar a esta sociedad sobre lo que significa la discapacidad, hay que prevenir y esto se logra en parte con la educación de padres y de la sociedad en general sobre lo que es la discapacidad. Hasta hace muy poco las familias empezaron a creer en sus hijos como ciudadanos que tienen derechos y que pueden compartir y participar activamente de la sociedad lo que disminuiría los riesgos de maltrato y violencia”, afirma Elsa Castañeda.
Paola Andrea Rueda, especialista en Psicología Jurídica está de acuerdo con lo mencionado por Castañeda en cuanto hablar sobre discapacidad en una sociedad como esta es bastante complicado, teniendo en cuenta la concepción equivocada que se tiene sobre ella. Por ello, “es importante que todas las instituciones tengan que estar en la capacidad de atender a las personas con discapacidad pasando del discurso a lo real, manejando un enfoque de derechos para lograr así a través de programas especializados una mirada diferencial y un país para todas y todos”.
Más allá de la violencia física y la agresión sexual
foto suministrada
Dependiendo del contexto en el que se dé, es probable que muchas personas puedan interpretar la violencia y el maltrato con lo físico o la agresión con el ámbito sexual. Sin embargo, es tal el punto de marginalización y exclusión en el que se encuentran las personas con discapacidad que en su realidad se presentan también otros tipos de violencia que van más allá de lo físico y lo sexual.
Para al especialista Elsa Castañeda, “existe otro tipo de violencia que hace más daño y el cual está arraigado en el fondo de los seres humanos que es la violencia simbólica. Esta se da cuando a los niños y a las personas con discapacidad no se les permite acceder a la educación, a la salud, es decir, cuando son vulnerados sus derechos.Ahí hay una violencia muy fuerte puesto que esta es una sociedad que no acepta la diferencia y aún estamos lejos de que aceptemos y reconozcamos a estas personas como sujetos de derechos”.
A lo mencionado por Castañeda se suma la profesional Especializada en discapacidad del Ministerio de Salud y Protección Social, María Inés Bohórquez quien agrega y refuerza que “en la realidad de estas personas existen expresiones violentas que van de mano de la estigmatización, las actitudes negativas hacia la diversidad que se traducen en actitudes de rechazo, a la discriminación, la humillación, el desdén y todo aquello que tiene ver que con la no equiparación de oportunidades lo cual va en contra de aquello que está contemplado por la Convención”.
El denunciar una oportunidad para cambiar
Familiares, cuidadores y las propias personas con discapacidad deben saber que tanto a nivel nacional como internacional existe un amplio portafolio legislativo que las protege frente a cualquier tipo de violencia. No obstante, un paso importante para garantizar sus derechos y para que este tipo de problemáticas sea cada vez más visible en la sociedad y se puedan tomar acciones para prevenirla, es el denunciar.
Los especialistas en el tema han coincidido en que para generar un cambio político – social en el país el cual permita prevenir, atender y combatir la violencia hacia las personas con discapacidad se debe, entre otras, contar de una voluntad de Estado que oriente a sus instituciones en la divulgación de información preventiva así como en la consolidación de herramientas que permitan a esas entidades hacerle seguimiento transparente y preciso a esta problemática. De igual manera, el denunciar es la base para la obtención de estadísticas lo que posteriormente se constituiría en uno de los insumos principales para demostrar que esta es una problemática que requiere del compromiso de todo el Estado.


PARA TENER EN CUENTA…
El Programa PAIIS diseñó una cartilla informativa: http://www.paiis.org/index.php?option=com_content&
view=article&id=156:conozca-susderechos&catid=2:noticias-generales&Itemid=29  con el propósito de que las personas con discapacidad y sus familias conocieran cómo denunciar, a quien acudir, a quién llamar, a quién dirigirse y con ello poder comprender que el Estado tiene la obligación primero en protegerlas y luego ayudarlas y orientarlas frente a cualquier tipo de maltrato.
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=GfdQ60ixzcU#at=12

12 nov 2012

Colcha de retazos
Foto internet
“Maria Canela me llamo, o bueno así me llaman, soy como me ven, una morena de piel tersa, labios gruesos, mirada fuerte, esquiva y dulce a la vez escondida tras las luces de colores del  sitio en el que trabajo cada día de la semana,  sin descanso en los vaivenes de las caderas, entre las paredes de  esta húmeda y fría pieza que muchas veces la presto como cálido refugio para aquellos que buscan un beso furtivo, una caricia indecible o una cómplice compenetración lasciva que me deja vacía el alma luego de haber llenado mi cuerpo con otro cuerpo. Y lo que ves en mi piel es eso, algunas huellas  de latigazos, de mordiscos y sobre todo de las durezas con las que de niña me marcó mi padrastro una tarde en los matorrales de una finca en la que trabajaba…”.
Así con la mirada perdida en el techo de su habitación, corto espacio de piso de tabla, papel de colgadura azul palidecido por los años, el mugre, las telarañas, atravesada por la pequeña  ventana que cuela noche a noche los ruidos de la calle 13 y que acolita la cruel humedad, Maria Canela  se tiende sobre la colcha de retazos que aun conserva y que su abuela le cosió en la vieja Singer del año 1954.
Rendida por el sueño y el cansancio de la guerra de cuerpos de una noche de pasión, pasión no por estremecida, sino por larga y dolorosa, una pasión parecida a la del verbo de Dios. Ella cerró sus ojos y poco a poco se ausentó en la conciencia, se salió de su cuerpo cual vaga alma solitaria, silenciosa y trémula, con ansia de libertad salió a caminar por las calles.
Como nunca antes, sintió la autonomía de mandar sobre sus pasos, sobre sus zapatos de tacón  para guiarse por el andén salpicado de agua lluvia, eso si impulsada con la idea de buscar un poco de paz se subió al autobús que la conduciría a las afueras de la gris metrópoli, para llevarla a un parque cercano donde iba frecuentemente en los primeros años  de estar viviendo en la capital.

Del  cafetal y otros amargos sabores
Foto Alixon Navarro Muñoz
Maria Canela vivió de niña en un cafetal, donde  por temporadas ayudaba a recoger la cosecha, junto a su mamá, una mujer de carácter débil, corazón dulce y gran inteligencia pero que el infortunio del desplazamiento la llevó a subsistir de la colecta de la cosechas en las fincas de  Sabanalarga.
Tenía una relación  muy cercana con su madre, respetuosa pero erradamente permisiva cuando se trataba de obedecer las órdenes de quien era, talvez, su padrastro.
La levantada era bien temprano a preparar el chocolate, moler el maíz y hacer las arepas para el desayuno. Luego bajar a la quebrada ‘La guardacaminos’ para lavar sus inocentes culpas y las ropas suyas y las de su madre. Apresurada siempre corría, con el afán de que se les pasara el ‘jeepao’  el jeep típico de aire quindiano que los llevaba a los tres a la finca para su labor diaria.
Apretujados, como podían se metían junto a otras 10 personas más, todos en la parte de  atrás como si fueran parte de un humano equipaje; compartiendo espacio con las gallinas, varios  atados de plátanos o una canasta  repleta de tamarindo, cuyo delicioso y acido olor  aun lo lleva impregnado en un rincón de su memoria.
Así pasaban los días, entre afanes, entre olores, risas y sabores de campo, todos hermosamente conservados excepto uno, ese, de una tarde en que su madre la dejó sola en la finca, recogiendo los aromáticos granitos rojos, sin saber que la esperaba un amargo pasaje.
La mamá de Maria Canela tuvo que ausentarse por varias horas, para cumplir con un mandado que el capataz de la finca le había encomendado, ir a buscar juntos con otros chapoleros insumos para  la tierra una vez culminara la colecta, que ya estaba próxima a su fin de temporada.
El padrastro de la pequeña era un tipo fuerte, de tez blanca ojos café claros y rasgados; alto, manos callosas, de paso ligero y ágil; la niña escasamente tenía 12 años, vestida siempre con batas de flores rojas y amarillas; era una niña de piel canela suave montañera, ojos negros como los de su madre y cabello castaño ensortijado, hábilmente trenzado.
La  transcurrida tarde, le dio una temprana lección de muerte en vida, al perder por la fuerza toda su inocencia cuando el asolapado tipo la llamara a lo mas aparatado de la finca en los linderos, que casi conectaban la próspera tierra con la destapada carretera en la parte alta de la ladera,  solo con la excusa de que le ayudara a recoger algunos frutos rojos del cafetal que el, por la brusquedad y tamaño de sus manos no podía hacer. Sin sospecha alguna  la niña llegó y preguntó que donde debía recoger, el indicó con voz temblorosa y ansiosa a la vez, que ahí al lado derecho de su espalda, que tenía que agacharse, orden que obedeció sin mediar palabra aunque con cierta sospecha de tanta soledad a su alrededor, pero como se trataba del hombre que hacia sonreír a su mamá, le desataba toda duda que a la final hubiese en su cabeza.
Al inclinar su cuerpo sobre la tierra para recoger los frutos solo pudo sentir como con  fuerza bestial y sin compasión le ató la boca con una mordaza, un trapo rojo mas bien bayetilla, le  cerró su expresión. Las manos burdas, sudorosas y criminales escudriñaban debajo de su faldita y entre sus blancos calzoncitos; el callado y desesperado pataleo líbicamente lo motivaron a aplicar aun más su fuerza para tenderla por completo con la mirada al suelo. Era obvia la imagen de un hombre de más de 35 años copulando sobre la humanidad de una pequeña,  arrebatando y consumiendo hasta el último vestigio de ingenuidad, candor e infancia. No satisfecho, lo hizo reiteradas veces hasta que sació su retorcida mente, hasta que vació cada uno de sus negros impulsos sobre Maria Canela.
María Canela, que no se llamaba así en realidad descubrió a la fuerza que su belleza aunque mal vista, tal vez sería la perdición de muchos, calmadero de otros y maldición para ella. Una belleza por la que pagarían esos y otros más adelante. En realidad no se llamaba así, se llamaba Amelia, quien al contarle lo sucedido a su madre, esta no le creyó, la condenó a la impunidad casera y a la permisividad, traducida  en la callada complicidad de una madre que por temor a no quedarse sola cenó, rio y comulgó con el diablo por mucho tiempo.
Amelia sin remedio se vio en la escena de los matorrales de la finca mas de una decena de veces, hasta que su espíritu libre y puro aun incorruptible, la hicieron salir una mañana de su casa con 2 vestidos, la colcha de retazos que su abuela paterna le había obsequiado, un muñeco, 4 panes y 2 mandarinas envueltas entre una pequeña sabana, con la excusa de buscar agua en ‘la guardacaminos’. Así lo hizo, salió de su casa por agua, disimulando su coartada entre un viejo balde azul de plástico, para nunca mas volver a su rancho, para nunca mas regresar a su infancia desdibujada.
A linche como dirían unos, se desplazó mas de 800 kilómetros hasta la capital, entre el frio y el hambre ocupo un lugar en el cinturón de pobreza; entre las limosnas de la sociedad consiguió para pasar el diario; lavando vidrios de carros ajenos y con insultos callejeros creció la pequeña hasta hacerse una hermosa adolescente, resentida con la vida, curtida por la crudeza sin abandonar aquellas cosas que aun como niña llevaba en su corazón, pero que confiadamente la llevarían a otro mundo.
El parque donde pernoctaba fue aquel mismo que una tarde de sueño inconsciente, le brindara abrigo, aquel que en un viaje astral le arropara la soledad.

De María Canela a Amelia
Foto internet
El nombre y la imagen de  Amelia desaparecieron aquella primera vez cuando mordió la tierra y se ahogó en su propio dolor y llanto. Y el día que descubrió que prestar por algún rato su vientre, vender sus labios y rentar el vaivén de sus caderas por espacios de tiempo le dejaba algunos pesos, descubrió que la vida le daba cada día una puntada con alambre de púas a su alma de niña, vestida de mujer de 25 con colores y visos brillantes para atraer cada día las miradas de los desprevenidos y ansiosos transeúntes que buscan cada noche un poco de placer para la conciencia. Ese día descubrió que ya no era Amelia sino Maria Canela, decidió llamarse así por  ponerse un nombre artístico, utilizando el mayor de sus encantos, su piel.
Quien no sepa, ella era la puta mas hermosa del boulevard de la calle 13. Una puta a la fuerza que de vez en cuando se ausentaba entre sus recuerdos y que se salían de su mente con cada bocarada de humo que emanaba al fumar cigarrillos; que se ausentaba entre sus sueños arropados con la colcha que la abuela Rita le había regalado, quien a menudo le decía que esa colcha era parte de ella, porque en cada retazo había una vida pasada y pisada, pero que a la final al juntarse cada trozo de tela desgastada  podía generar una identidad única con nombre propio, “la vida es colcha de retazos, puede ser fea y desigual pero es  la que te recuerda de donde vienes y como puedes volver a ser”. Palabras sabias que siempre retumbaban en su cabeza.
Despertó del sueño la hermosa y flaca Maria Canela, abrió sus ojos y volvió a la realidad.  Con la palidez evidente por el hambre, seguía tendida en su cama, sobre la colcha de retazos que noche a noche soportaba sus lágrimas. Con el pensamiento más ido que nunca y con las vísceras pegadas a la columna se dispuso a cambiar su colorido atuendo para utilizar prendas menos llamativas, en la ducha, se quitó los sudores propios y ajenos, se quitó el maquillaje y su piel volvió a ser la normal, la de siempre la de Amelia, la chica de 18 años con medio mundo y siglos de experiencia encima.
Nuevamente en un súbito impulso recordando las palabras de su abuela, impulso que la llevó a salir de su tierra un día, salir de esa finca donde su  inocencia quedó como abono de la tierra que alguna vez le dio de comer. Sin mediar palabra se armó de voluntad, valor y decisión para querer dejar atrás la vida de puta, una vida considerada como el oficio mas antiguo de la humanidad, un mal llamado oficio, si es que puede llamársele oficio, porque no se estudia, pero sin capacitarse y sin obtener título se aprende mucho; no se olvida tan fácilmente, porque se practica de mil formas, mil veces y deja un incierto dinero.
Amelia solo acertó en salir de la triste habitación, tomar otro rumbo, calle afuera caminando por la vida, ella sabe que otra será su  propia vida.
    

5 oct 2012


Tabaquiando: mas allá de la fuma de un puro

Botón con semillas de tabaco.
 Hace algo mas de un mes emprendí un viaje que verdaderamente  visualizaba pero nunca imagine que fuera tan sorprendente y enriquecedor. Todo parte de un nuevo reto profesional que más bien es el retorno a las grandes ligas de la televisión a través de la realización de programas con historias de vida y crónicas sobre cosas que uno ni se imaginaba que existían en el departamento.

Si a usted le mencionan el tabaco, se imagina un viejito sentado en una mecedora con un puro en la boca o una señora leyendo el futuro de otro a través del tabaco; pero el tabaco por lo menos en Piedecuesta es la base de su economía local, es casi un icono sobre todo por el trabajo que alrededor de él, desarrollan sus mujeres torciendo o enrollando los aromáticos trozos de hoja de tabaco que se pueden madurar al mejor estilo de los vinos de cava. Entre más añejos, mejores en la calada y el paladar.

Eso quizás fue lo que mas me impresionó la mística que existe en su proceso de elaboración, porque no solo es la siembra y recolecta de las hojas, sino la cuidadosa selección de ellas para saber que parte del tabaco van a conformar, si serán para picadura, si serán para capa o si serán para enrollar.

Tabacos añejados de 4 y 5 años.
En esa mística encontré mujeres que por su tradición ya tienen callo en las manos, sus dedos ya tienen un particular color amarillo pálido por el tratamiento de las hojas y el almidón de yuca utilizado para pegar los extremos en la enrollada. Ellas enrollan en promedio de mil a dos mil tabacos y en eso se pueden ganar de 20 a 30 mil pesos.

Pero para ellas el trabajo en los tabaquines es una opción diferente de vida cuando por muchas circunstancias se les han cerrado las puertas laborales en otros menesteres; pueden repartir su tiempo entre los oficios propios del hogar y el tabaco. Son ellas sus propios jefes y solo con el fruto del esfuerzo pueden medirse y colocarse metas económicas que les permitan un mejor sustento.

Caney con hojas de tabaco.
Durante el descubrimiento de aquel mundo mágico de tabaco, con aromas que quedan impregnados en el paladar de los mejores catadores, también me quedó en la memoria visual, gráfica y hasta romántica la belleza natural que tiene un caney; uno de ellos quizás el mejor de Santander, está ubicado en el municipio de Curití en la vereda ‘Las ventas’.

Para describir los aromas que allí se perciben no hay palabras suficientes, me quedo corta porque definitivamente se confunden con los recuerdos de mi abuelo materno; oriundo de San Bejuco, es decir, de San Vicente de Chucurí y de su tienda donde vendía los preciados tabacos en Barrancabermeja.

El caney es una casa, por decirlo de alguna forma, que tiene una estructura especial montada en largos travesaños de bamboo sobre los cuales hay largas cuerdas de fique en las que cuelgan las hojas de tabaco durante 60 días y a medida que van perdiendo su humedad y se van concentrando todos sus matices, se van cambiando de posición hasta que ocupar el lugar mas alto del caney, estoy hablando de 4 a 6 metros de altura del suelo al techo.

La verdad me día la tarea y a la aventura a la vez de subir hasta los mas alto, con cierta maroma queda embelesada por el olor que desprenden las hojas ya maduras, olor muy diferente al de las hojas ubicadas en la parte inferior.

Don Gilberto Bueno y su nieto David.
La familia Bueno Gómez encabezada por su patriarca, Gilberto, y su esposa Ana se han dado a la tarea de toda la vida de preservar esta tradición del cultivo del tabaco y alrededor de esto han forjado su vida  y su descendencia. Lo curioso es que alrededor de esta tradición también surge la del fique, que por su ubicación geográfica estratégica en Santander se vuelve en una opción importante sobre todo para las mujeres que hábilmente tejen sueños en forma de bolsos, billeteras, tapices, carpetas y mil artesanías mas en los mas variados colores y tejidos.

La verdad que con todo esto que viví en un viaje de un día a Curití y dos días de paso por el municipio garrotero, me la pasé fue Tabaquiando. A propósito de tabacos y garrotes, también descubrí en el saber popular que la cultura garrotera tiene dos sentidos, uno de ellos ligado a la historia de violencia que en alguna época vivió el país y de cuyo fruto quedaron los enfrentamientos entre ‘liberales’ y ‘godos’  que se hacían a garrote limpio, o sea a leño limpio… ¡vaya garrotera! y no precisamente la del chavo.
Don Gabriel Pico enseña un tabaco bien-logrado

El otro sentido tiene que ver con el tamaño. Pero tranquilos, nada de malos pensamientos, pues como lo explicaba don Gabriel Pico representante legal de la Casa Tabaco, quien fuma un tabaco grande de una vez le van diciendo: ‘mire ese garrote o chicote que se está fumando’. De todo hay en la viña del señor.

Mi viaje por el conocimiento de las tradiciones en algunos municipios hasta ahora empieza, por ahora del tabaco me queda la experiencia magnifica de tener en mis manos sus diminutas semillas como esporas vulnerables al viento, entregadas al sol y a la tierra para germinar en una ‘mata’ mágica con la que los chamanes de los indios Guane se trasladaban en astral para curar enfermedades  en clanes distantes. Me queda el conocimiento útil y la claridad mental que solo produce un buen tabaco, cuyo matiz espero compartir con un buen amigo porque regalar un puro, no es para cualquiera, denota honor y respeto. 

Texto y fotografía: Alixon Navarro Muñoz.